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Tras
casi diez años de ejercicio profesional como abogado, si
tuviera que determinar un aspecto de mi profesión al que
todavía no me he acostumbrado sin duda diría que es la
manipulación que la mayoría de los padres hacen de sus
hijos menores de edad para intentar infundir en ellos el
desprecio y el rechazo hacia el que un día fue su cónyuge.
Siempre he pensado que la familia, a diferencia del
matrimonio, no es un contrato sino un hecho que si se da,
ninguna decisión social puede ir en su contra, puesto que
la sociedad existe, entre muy pocas otras cosas para
protegerla. Su esencia, también a diferencia del
matrimonio, no depende de canonizaciones religiosas, ni de
declaraciones judiciales, que no sirven más que para
nombrarla o apodarla. De ahí que para la familia el
matrimonio no sea más que un concepto tangencial sin el que
puede subsistir a la perfección.
Por tanto, de lo que hablo no es de las crisis matrimoniales
ni de las divergencias y odios que pueden surgir entre dos
personas adultas que un día fueron marido y mujer. De lo
que en realidad hablo es de la irresponsabilidad de dos
adultos, capaces de manipular a lo único que tienen en común,
sus hijos, con el único propósito de hacerse daño
mutuamente.
Estoy convencido de que el divorcio no daña la institución
familiar, primero porque si existen motivos de divorcio, la
institución familiar ya está dañada. Segundo, porque la
familia, para serlo, debe basarse en el amor recíproco,
pues matrimonio y amor son conceptos diferentes y no tienen
por qué coincidir. Y tercero, porque la familia no es más
que una de las formas que el individuo tiene para
realizarse, y si el tiro le sale por la culata, ni aquello
podrá llamarse familia ni el individuo podrá colaborar
para que aquello subsista.
Lo que en realidad daña a las personas es la falta de
madurez de algunos padres a la hora de gestionar las, llamémosle,
miserias que surgen tras una crisis matrimonial y que en la
mayoría de los casos pagan indefectiblemente los que menos
culpa tienen, esto es, los hijos menores.
Cuando se produce la crisis matrimonial, nuestras leyes
establecen que uno de los progenitores tenga atribuida la
guarda y custodia de los menores (generalmente la mujer),
mientras que el otro cónyuge tiene lo que se llama el
derecho de visita. Pues bien, en muchos casos que me han
tocado, esa guardia y custodia es aprovechada por la madre
(insisto, que es lo más común) para manipular
sentimentalmente a los hijos y predisponerlos en contra del
padre, en un intento por vengarse de él y arrebatarle
aquello que sentimentalmente más aprecia.
Por lo general, aquellos progenitores a los que se les
atribuye la guardia y custodia suelen concebirla como un
derecho propio y absoluto, cuando en realidad se trata de un
derecho del hijo cuya única finalidad es la de preservar su
evolución integral a fin de que éste no vea cercenadas sus
posibilidades de desarrollo psicológico y emocional ante la
crisis matrimonial en la que se ve inmerso.
Científicamente esta manipulación absurda y dañina ha
tomado el nombre de lo que se conoce como «el síndrome de
alienación parental», que es un trastorno caracterizado
por el conjunto de síntomas que resultan del proceso por el
cual un progenitor transforma la conciencia de sus hijos
mediante distintas estrategias con el objeto de impedir,
obstaculizar o destruir sus vínculos con el otro
progenitor.
Hace unos meses tuve el honor de presentar el primer libro
en castellano que trata de este tema y que lleva por título
«Hijos manipulados por un cónyuge para odiar al otro»,
cuyo autor, José Manuel Aguilar Cuenca, es un psicólogo
forense que lleva tiempo estudiando este tema al que los
tribunales de nuestro país no terminan de reconocerle la
entidad y la gravedad que se merece, quizá porque en el
supuesto de dar cabida a todos los asuntos de esta
naturaleza se verían desbordados.
Ante tal evidencia, y consciente de que mi profesión únicamente
me permite acudir a la ley para la defensa de aquellos
padres que sufren esta situación, debo confesarles que
siento una enorme impotencia cada vez que un padre (en los más
de los casos) o una madre (en los menos) acude a mi consulta
para hacerme este pregunta: «¿Cómo puedo recuperar a mi
hijo?». Algunos, que son la mayoría, tiran la toalla al
saber que se enfrentan ante una batalla difícil y larga con
resultado incierto, pues sienten que la Justicia no les
presta la atención debida ni trata su problema con la
profesionalidad esperada, pues a veces resulta frecuente que
un fiscal o un juez, que sabe tanto de psicología infantil
como yo de ingeniería aeronáutica, determina con quién
deben quedarse a vivir los niños y cuál es el régimen de
visitas al que debe ceñirse aquel que no los tiene en su
compañía. Así que, ante tal frustración, no me queda
otra que tirar del sentido común, con la esperanza de que
un día el legislador tome cartas en el asunto y regule de
una vez por todas un hecho social cuyos efectos tienen una
envergadura muy superior a la que actualmente se intuye.
Nadie duda que el matrimonio está bien inventado, pues lo
han inventado seres humanos a su propia medida, ya que el
matrimonio no es más que un invento de la sociedad para que
las crías estén defendidas el largo tiempo que necesitan
estarlo. Pero una cosa es el invento y otra muy distinta las
consecuencias que del mismo se derivan, esto es, los hijos.
¿Y qué sabemos nosotros, los mayores, de la desesperanza,
de la infinita tristeza, de la infinita soledad que caben en
la minúscula cabeza de los niños? ¿Acaso nos olvidamos de
lo que fuimos para ser lo que somos?
Para empezar, el niño no sabe comunicarse bien. El idioma
de los adultos es absurdo. Él espera, quieto, que lo
adivinen, que le quiten el dolor sólo con señalarse con el
dedo en el sitio en el que le duele. Por eso cuando por mi
despacho veo a estos niños manipulados impúdicamente por
sus padres llego a la certidumbre de que si la soledad
manchara, no habría suficiente agua en el mundo para lavar
a ese niño. Porque el mundo del niño se termina en el
mundo del niño, y ni el niño mismo lo conoce, ni el niño
mismo lo sabe, porque lo suyo no es saber ser niño, sino
serlo simplemente.
Quizás el problema es que no sabemos ser padres, en parte
porque nadie nos enseña a eso. Y por eso existen muchos
tipos artificiales de padres: los que imitan al antiguo
cazador, dedicados sólo a la intendencia; el rey mago, que
viene una vez por año cargado de regalos; el de la
autoridad suprema y, últimamente, el más frecuente, aquel
que va de presunto amigo de sus hijos y que empieza a actuar
cuando ya son demasiado mayores. Ellos, los padres, aseguran
que son unos amigos para sus muchachos, y puede que lo crean
así, pero no es cierto, y no lo es sencillamente porque sus
muchachos no se consideran amigos suyos, y la amistad es una
relación recíproca, o no es nada.
En realidad, cuando veo a estos padres me parecen a esas
gallinas que sueñan con poner huevos de águila, guiados
por la tentación, siempre peligrosa, de realizarse a través
de los hijos, mediante los que pretenden tomarse la revancha
de su propia vida.
Y el mayor error de los padres es aspirar a que sus hijos
asciendan a las cotas a que ellos no pudieron llegar. Porque
son estos padres los que martirizan con la terrible
cantinela: «no sirves para nada», «nos has decepcionado»;
«qué será de ti» y sobre todo el más demoledor «qué
será de nosotros por tu culpa» o «qué vamos a hacer
contigo de ahora en adelante».
Ojalá algún día este tipo de padres se den cuenta de que
aunque el fin del manzano sea la manzana, en cambio su flor,
mucho más frágil y nada alimenticia, es ya de por sí
perfecta, y para ser flor no pide referencias a la manzana
futura, aunque ésta termine podrida.
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